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La paratraducción es un lugar periférico donde se impone la imagen mezclando dos series de códigos: el código social como discurso publicitario y los códigos productores y reguladores del sentido. Los paratextos son fenómenos de naturaleza social y antropológica que participan, junto al texto, en la construcción del sentido de la obra editada. Lejos de ser un dato tangible, el sentido en traducción es siempre el producto de la actividad de comprensión, interpretación y expresión del traductor y, por consiguiente, sólo podrá existir en la traducción editada si al sujeto que lee, interpreta y traduce no se le escapa el más mínimo detalle simbólico o icónico presente en la paratextualidad del encargo de traducción. El concepto de paratraducción otorga a la imagen y a todo el aspecto visual de los paratextos la importancia que tienen en la construcción de sentido simbólico en traducción. Si queremos que la traducción tenga un largo porvenir en la era digital, necesitamos cuidar al máximo la imagen publicitaria de su presentación editorial tanto en papel como en pantalla, desde el peritexto de la cubierta del libro hasta el epitexto de la carátula del DVD o del videojuego, pasando por los epitextos materiales de carteles, marcapáginas, pegatinas y stands que publicitan la traducción como producto en las estanterías de las librerías. Si la traducción no se vende, nunca podrá existir porque nadie la comprará y, por consiguiente, nadie la leerá. La paratraducción de una traducción es su imagen publicitaria. L’image semble s’imposer à quiconque a affaire au paratexte (Genette, 1987: 8. Nota 1). La importancia paratextual de la imagen resulta ser tan esencial en la comunicación traductora de la era digital que hasta los textos sin ningún tipo de imagen material son traducidos teniendo en cuenta parámetros de comunicación visual, esenciales para su edición definitiva en pantalla. Así, por ejemplo, la imagen del tipo de letra con el que se ha editado el texto de partida es tenida muy en cuenta a la hora de saber elegir si convendrá o no a la imagen del tipo de letra que la cultura ortotipográfica de llegada otorgará finalmente en la edición digital. El texto sin imágenes se convierte en un material visual más. En definitiva, la suma importancia paratextual de la especificidad de la imagen y todo lo que implica como proceso de comunicación visual en la era digital, es decir, la preponderancia de lo no verbal frente a lo verbal, impone inexorablemente la necesidad de una sólida formación universitaria en la lectura e interpretación de la imagen en traducción.

 

3. La imagen no es universal y sus colores todavía menos Todo texto invita siempre a la lectura porque sin ella no existe, en cambio una imagen que no forme parte de un encargo de traducción puede simplemente limitarse a estar ahí sin provocar lectura alguna y puede incluso que nunca nadie la interprete. La realidad demuestra que un individuo puede pasarse toda su vida viendo la misma imagen en los entornos más familiares de su espacio vital (su ciudad, su calle, su casa) sin prestarle la más mínima atención, hasta que llega el día en que deja de «ver» y empieza a «mirar» esa imagen que le había acompañado a lo largo de tantos años porque, de repente, se impone la necesidad de traducirla. Mirar implica un principio de lectura y, por consiguiente, un inicio de interpretación. Al transformar todo lo visible en legible, la traducción provoca la lectura e interpretación de la imagen. Si el título de esta publicación plantea la traducción de la imagen es porque, al contrario de lo que suele pensarse, la imagen no es universal. En efecto, la percepción de una imagen material no es un acto universal, tal y como he demostrado en papel (Yuste Frías, 2008a) y en pantalla (Yuste Frías, 2008b y 2010a) a propósito de la percepción de una imagen publicitaria que todo el mundo cree conocer porque la ve todos los días pero nunca la había mirado (leído) e interpretado para traducir: el logotipo de Carrefour (Cf. Yuste Frías, 2008a: 153 et sqq). En efecto, la imagen del logotipo Carrefour puede provocar diferentes lecturas e interpretaciones según la cultura de llegada donde se implanta dicho logotipo. Especial mención merece el tratamiento de tres aspectos puntuales de la imagen del logotipo Carrefour según la paratraducción del paratexto icónico localizada en zonas culturales diferentes: las flechas convertidas en alabardas en Francia y en el personaje publicitario de O Precinho en Brasil (Yuste Frías, 2011b); los implícitos colores de la bandera nacional en Francia y la explícita declinación de la simbología del color rojo en Japón (Yuste Frías, 2011c); y, finalmente, la letra «C» velada durante décadas en Francia y siempre desvelada en España (Yuste Frías, 2011d).

 

Las imágenes materiales son productos culturales cuyo sentido cambia según la localización espacio-temporal. Para comprender la información aportada por una imagen hay que compartir los mismos códigos semióticos y culturales que el público a quien va dirigida, lo cual implica, en el caso de todo profesional de la traducción, poseer las competencias culturales suficientes sobre la historia y los valores sociales de la cultura de partida donde ha sido creada la imagen y de la cultura de llegada para la cual se traduce. De lo contrario, el sentido de la imagen no sólo no será leído correctamente sino que su interpretación podrá estar llena de errores. Es el caso de los gestos que casi nunca se traducen de una lengua a otra, de una cultura a otra, lo cual origina una serie de errores de interpretación para los lectores-espectadores de la obra en la cultura meta. Como todavía se sigue creyendo que la imagen de un gesto no es más que un dato visual más que no tiene por qué interesar al proceso de la traducción, un gesto tan anodino para un francés como es levantar el dedo pulgar para significar una pausa en el juego puede adquirir un sentido muy diferente en otras culturas porque editores y traductores se empeñan, una y otra vez, en dejarlo de lado en todas las traducciones editadas de Astérix en Hispanie (Cf. Yuste Frías, 2011a). Una mínima incursión investigadora de la imagen en traducción revela sin ambages que hasta los propios colores de las imágenes no son universales. Un traductor no sólo «ve» los colores de una imagen, sino que al «mirar» la imagen percibe los colores de una manera muy determinada según la lengua, la cultura, el momento y el lugar del contexto comunicativo del documento de partida, por un lado, y del documento de llegada, por otro. La percepción nunca es simple visión porque toda percepción implica siempre poner en juego el conocimiento, la memoria, la imaginación y el medio cultural tanto del documento que se encarga de traducir como del sujeto que traduce. Porque cada sociedad tiene su propia percepción diferente de los colores, han existido, existen y existirán sociedades donde se ve el color y el contraste entre colores de manera diferente. Nombrar, designar y connotar los colores no son sólo hechos lingüísticos que cambian de una lengua a otra, sino que son también hechos sociales, culturales e imaginarios diferentes según la localización espacio-temporal.

 

 

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